¿Qué pasa cuando una niña encuentra un espacio para aprender, un adolescente descubre que tiene algo que aportar o un joven recibe la oportunidad de convertir una idea en un emprendimiento? A veces una oportunidad es el comienzo de muchas otras.
Esa ha sido parte de la historia construida durante más de 16 años por el Programa de Desarrollo de Área Emprendedores, en la provincia de Huamanga, de la organización de desarrollo y ayuda humanitaria World Vision Perú en Ayacucho. Desde 2010, el programa acompañó a familias y comunidades para fortalecer las condiciones que permitan a niñas, niños, adolescentes y jóvenes aprender, sentirse protegidos y proyectar un futuro con mayores posibilidades.
Durante este periodo, 37,150 personas fueron alcanzadas directamente: 7,617 hombres adultos, 7,929 mujeres adultas, 10,828 niños y 10,776 niñas. Detrás del impacto hay procesos que buscaron que las oportunidades no dependieran únicamente de las circunstancias con las que cada persona nace, sino también de las capacidades que puede desarrollar y de los entornos que la acompañan.
Uno de los principales focos estuvo en la educación: 16 escuelas fortalecieron sus estrategias de lectura y emprendimiento, generando espacios de aprendizaje más dinámicos y participativos para 21,604 niñas, niños y adolescentes. El objetivo fue más allá de mejorar la comprensión lectora. Se buscó que cada estudiante pudiera desarrollar habilidades para su vida y empezar a imaginar con mayor claridad aquello que quería construir para su futuro.
Esa mirada también alcanzó a quienes ya estaban dando sus primeros pasos hacia la autonomía económica: 188 personas recibieron capital semilla para impulsar sus ideas de negocio, una oportunidad que les permitió generar ingresos, continuar sus estudios y contribuir a mejorar las condiciones de vida de sus familias.
“Cuando hablamos de emprendimiento no hablamos solamente de un negocio. Hablamos también de confianza, de tomar decisiones sobre el propio futuro, de descubrir que una idea puede convertirse en una oportunidad para una familia”, explica Sandra Contreras, directora ejecutiva de World Vision Perú.
A través de los procesos de protección, 21,604 niñas y niños participaron en acciones orientadas a su bienestar integral, alcanzando además a alrededor de 5,000 familias y fortaleciendo el compromiso de las comunidades con la protección de la niñez.
El bienestar emocional fue otro componente fundamental. Con el programa restaurativo La Voz de mi Corazón, 220 profesionales de salud mental fortalecieron sus capacidades para brindar una atención más integral, alcanzando a 10,000 niñas, niños y adolescentes y promoviendo espacios más seguros.
En este camino, las comunidades de fe también tuvieron un papel importante. Juntos logramos que 45 iglesias fueran acompañadas con herramientas para fortalecer su trabajo con niñas, niños y familias. A través de ludobibliotecas y actividades basadas en valores cristianos, se promovieron espacios para aprender, jugar y crecer en entornos de cuidado y protección. Madres, padres y líderes de iglesia también fortalecieron sus capacidades en crianza con ternura, promoviendo formas de acompañamiento basadas en el respeto y la empatía.
“El verdadero impacto de una intervención se ve cuando las capacidades permanecen y las personas pueden seguir avanzando con ellas. Nuestro propósito es contribuir a que las comunidades tengan más herramientas para generar sus propias oportunidades y proteger a su niñez”, agrega Contreras.
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