Cuando la profesora pedía leer en voz alta, Alexander (10) bajaba la mirada y se quedaba en silencio. La directora de su escuela, en un distrito de la Amazonía peruana, recuerda que el niño se ponía tan ansioso antes de las clases de lectura que a veces buscaba cualquier excusa para no venir.
Hoy no solo llega temprano, sino que lee con entusiasmo. Lo que cambió no fue solo que aprendió a leer, fue que quiso hacerlo y empezó a disfrutar de la lectura.
En el Perú, apenas el 32,8% de estudiantes de cuarto grado alcanza un nivel satisfactorio en comprensión lectora, según la última Evaluación Nacional de Logros de Aprendizaje del Ministerio de Educación. En la Amazonía, esa cifra se desmorona: en Loreto, solo el 12,8% de niñas y niños comprende lo que lee al nivel esperado para su edad.
Detrás de esas cifras hay salones con pocos materiales, docentes que trabajan con recursos mínimos, familias que muchas veces no tuvieron acceso a educación formal. En ese contexto, aprender a leer no es solo una habilidad escolar. Es, en muchos sentidos, la diferencia entre poder elegir su futuro.
El colegio de Alexander cambió con la llegada de Unlock Literacy, una metodología de World Vision Perú -implementada en la Amazonía con apoyo de Scotiabank y la Fundación FC Barcelona- que parte de una premisa que suena simple pero no lo es: antes de que un niño aprenda a leer bien, tiene que descubrir que quiere leer.
El modelo trabaja en dos frentes. El primero es transformar el aula en lo que llaman un "entorno rico en lectura": en lugar de que todos los estudiantes lean el mismo texto impuesto por el docente, niñas y niños eligen.
Para ello, el colegio recibió tablets con acceso a Book Smart, una aplicación gratuita con más de 200 libros adaptados al contexto local, con historias cercanas y niveles progresivos. La aplicación solo necesita internet una vez (para descargarse). Después funciona sin conexión, algo que no es un detalle menor en zonas donde la señal es un lujo intermitente. Niñas y niños pueden leer en el colegio y también en casa, desde el teléfono de un familiar.
En el aula de Alexander, leen dos horas a la semana. Cada mes terminan al menos dos libros. Antes, recuerdan las maestras, terminar uno solo era una hazaña.
Pero el cambio más inesperado no ocurre en el aula, sino por las tardes, en casa. Alexander vive con su madre, Sonia. Ella nunca aprendió a leer. Desde que el niño empezó con el programa, cuando regresa del colegio, ambos se sientan juntos. Alexander abre un libro y empieza a señalar las letras.
Sonia nunca imaginó que iba a aprender a leer de la mano de su propio hijo. Para Alexander, enseñar se ha vuelto otra forma de aprender, y de quedarse con lo aprendido.
Unlock Literacy también incorpora actividades que convierten la lectura en algo colectivo: festivales, dramatizaciones, juegos de voces, narraciones con sonidos e imágenes.
El impacto ya aparece en las notas. Según la directora, antes del proyecto la mayoría de estudiantes del aula de Alexander obtenía nivel B (regula) en lectura. Hoy, la mayor parte alcanza nivel A. Leen con más fluidez, sostienen el hilo del texto y, sobre todo, comprenden lo que están leyendo. Que es, al final, de lo que se trata.
Cuando un niño desarrolla competencias lectoras, mejora también en matemáticas, en ciencias, en todo lo que exige entender un enunciado. Pero el alcance va más lejos: leer permite participar en la vida pública, tomar decisiones informadas, construir algo parecido a un proyecto de vida.
En el aula de Alexander, esa transformación se da en momentos pequeños: una palabra pronunciada sin titubeos, un libro terminado, una madre que aprende junto a su hijo.
Y un niño que, al encontrar las palabras, empieza también a imaginar adónde puede ir.